El cambalache de Marlen - Número 6

 

Al ritmo del 2x4:

Las letras de tango y el siglo XXI

 

A esta altura, cuando miramos el siglo XX desde un nuevo milenio y el tango ya tiene más de cien años, ¿qué nos deja, en su primer siglo de vida?
Ante todo, una música vasta, bella, y fundamental en su originalidad. Cien años de presencia dejan palabras, que van de las letras de los tangos a la calle, y viceversa.
“Siglo XX cambalache, problemático y febril...Todo es igual, nada es mejor. Los inmorales nos han igualado...”. El tango de Discépolo sigue teniendo vigencia en nuestra época, como este otro de Aguilar y Cadícamo: “Hoy se vive de prepo y se duerme apurado, y la barba hasta a Cristo se la han afeitado... Al mundo le falta un tornillo, que venga un mecánico a ver si lo puede arreglar”.
Hay quienes se han preocupado por describir la época y sus malestares y nos han permitido a los argentinos, y también a los ciudadanos de muchas partes del mundo, elevar las quejas y los lamentos, a través de la canción.
Las sociedades son cada vez más desiguales en sus oportunidades, no pudiendo negar las diferencias entre el primer y el tercer mundo y acrecentando la brecha cada vez mayor entre clase alta y clase baja.
Paradójicamente, la globalización impone la igualación obligatoria en cuanto a la cultura de consumo, implementando eficaces sistemas de segregación: centro y periferia, opulencia y miseria, hiperdesarrollo y subdesarrollo.
"Voy al shopping" es una frase que se escucha en todos lados.
Poco importa si el que la dice está en Nueva York, París, Madrid o Buenos Aires, pues lo importante es que allí está todo, y, el que camina por el megacentro comercial pertenece a la aldea global "vidriera irrespetuosa de los cambalaches", en los que "se ha mezclado la vida".
Allí el día y la noche no se diferencian, sólo se diferencian las marcas entre si.
Las personas se convierten en seres anónimos, atrapados por las imágenes que excitan hasta la saturación y son promesa de saciedad.
Todos reconocemos los mismos productos a través de los mismos logos, componiendo una misma canción en todo el mundo e intentando disimular, y a veces lo logramos bien, la Babel que sigue existiendo.
La dependencia de los objetos se extrema: "vivimos revolcados en un merengue y en el mismo lodo todos manoseados".
Se ha generado una sociedad tendiente a la adicción y a la adición.
Adicción a marcas, y a objetos en gran parte innecesarios, obsoletos ya en el momento de su adquisición, tal es la velocidad de avance tecnológico.
Adición porque el tener más, es signo de máxima satisfacción, algo más, un poco más, en una serie infinita, acrecentándose el empuje insaciable de objetos de satisfacción imposible de ser colmada.
Ante la necesidad de satisfacción de cualquier demanda a través de la ciencia y la técnica, se nos ofrecen los mejores manjares de la sociedad de consumo, en donde la identidad se juega en el tener, causando el apremio de no quedar al margen y generando con ello una población esclava o cautiva, denominación usada en las teorías mercantilistas.
Y cautivo es tanto aquél que "vive en la impostura" como aquél que "roba en su ambición", el que es "cura, colchonero, rey de basto, caradura o polizón" pues "es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, pretencioso estafador", "todo el mundo anda de asalto y la creación anda a las piñas". "El ladrón es hoy decente y a la fuerza se hizo gente, ya no encuentra a quien robar, y el honrado se ha vuelto chorro porque en su fiebre de ahorro él se afana por guardar".
En todo caso "todo es igual, nada es mejor".
En el mundo del "¡quiero todo ya!", el que no puede, tiene una solución al alcance de la mano: químicos para dormir, para despertar, para tener fuerza, divertirse, no comer, no dormir, no parar.
Así las asociaciones entre fármacos y drogas están al orden del día.
Aparecen la bulimia y la anorexia, ya no solamente como patologías alimenticias, sino como modos de encarar la vida, y ambas son figuras del vacío del ser.
La globalización, el discurso capitalista , la tecno-ciencia y sus consecuencias (los denominados síntomas de fin del siglo XX) son algunos de los temas que componen "el despliegue de maldad insolente".

El dormitorio, lugar privado por antonomasia, se ve invadido por el segundo televisor.
En el salón una pantalla gigante nos muestra una guerra sangrienta y cruel, mientras nos adormilamos en el sillón con vibraciones antiestrés.
Los jóvenes (y no tan jóvenes) se conectan a través de internet con todo el mundo, con varios a la vez, con muchos a la vez, con todos a la vez, y la satisfacción de una caricia o de un contacto sexual puede ser reemplazada por una imagen, obscena las más de las veces, pornográfica o cruel, en otras ocasiones.
Así los voyeurs y los sadomasoquistas están de moda.
El sujeto en el medio de este cambalache global, no tiene algo propio que decir. Sus opiniones son impuestas por los medios de comunicación que responden a intereses marcados por las grandes multinacionales y que nos envuelven en el reino de lo ligth, lo joven, lo delgado y perfecto, lo desechable y efímero, que nos impulsa a volver a comprar.
Dentro de esta concepción económica, el ocio se ha convertido en un ne-gocio (negación del ocio), un bien de consumo de primera necesidad.
En los últimos siglos, con la reducción de la semana laboral, el tiempo libre debería haber aumentado. Sin embargo el mercado del ocio se ocupa de su planificación para evitar que el aburrimiento nos invada, al no tener una actividad programada.
¿Dónde quedó el tiempo del dolce far niente? ¿Dónde las caminatas sin rumbo fijo, descubriendo nuevos rincones de la ciudad?
El tango “Desensillá hasta que aclare” nos da la respuesta, “Hermano, la noche nos viene corriendo, el mundo está loco de necesidad, el odio y la bronca se van extendiendo, ya nada es sagrado ni nada es verdad...”
Ante este panorama, ¿qué nos queda por hacer? “Aunque se caiga la tierra en pedazos, hacete el gil y aguantá la guiñada. Dejá a la China que se trence con Japón y vos no te metás en nada...”, por lo menos esa es la respuesta que nos llega de la mano del tango “Tomala con soda” de Delfino y Romero.
Otra es la reacción de miles de personas que han participado en un concurso de letras de tango impulsado por la Biblioteca Nacional y la empresa Metrovías.
En esta Buenos Aires cartonera y fashion, 3.250 personas, la mayoría porteños de entre 30 a 60 años, plasmaron en tangos sus deseos y angustias.
Ya no se habla de las madres en las nuevas letras, pero abundan los males de amor, las alusiones al corralito bancario y a los cartoneros.
Y aunque no faltan los escenarios tradicionales, hay patios con malvones y nostalgias del barrio, estos son tangos actuales, donde se habla de guapos en Palermo Hollywood o de zaguanes con olor a marihuana, del desarraigo y del pueblito que se dejó atrás por venir a la ciudad.
En “Extraña Buenos Aires” Ana María Iglesias escribe "...leyendo su futuro en las baldosas, el pibe aquel que nos baleó con rosas, hoy nos tiende una alfombra de cartones".

En la época de Manzi, Discépolo, Cátulo Castillo, Homero Expósito, Celedonio Flores, había orquestas, clubes de barrio, radios, películas, casas editoras, toda una industria donde proliferaban los músicos y los letristas de tango.
En los últimos cuarenta años del siglo XX, el rock y los nuevos ritmos nos permitió rebelarnos contra los clichés cantados en los viejos tangos. Las pocas orquestas que quedaron, sólo tocaban temas clásicos, sin entrar a difundir letras nuevas y el tango quedó relegado a las fiestas familiares.
Sin embargo la rueda del tiempo parece haber dado una vuelta completa y en este siglo XXI que estrenamos, un nuevo resurgir de nuestra música nacional nos trae letras donde palpita la vida.
El tango es una manera de mirar la realidad, una sensibilidad.
Alguien dijo que volvimos a él porque es un tesoro depurado por el tiempo.

 

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