El cambalache de Marlen - Número 6

 

Canción: "El señor Juan Sebastián"
Letra y música de María Elena Walsh

No son los ángeles que cantan,
no son los pájaros ni el mar,
es un señor lleno de cielo,
el señor Juan Sebastián.
Era gordito y con peluca,
indispensable como el pan
y cascarrabias a menudo
el señor Juan Sebastián.
Hace muchísimos inviernos
que lloriqueando en alemán
nació entre fusas y corcheas
el señor Juan Sebastián.
Soñando en órgano y en clave
a su país angelical
llevaba a príncipes y a pobres
el señor Juan Sebastián.
Era chiquito y las canciones
que le enseñaba su papá
las repetía para siempre
el señor Juan Sebastián.
Está contándonos un cuento
que no terminará jamás.
Dios le dictaba el argumento
al señor Juan Sebastián.

 

 

“Soy hija de Jeanette McDonald y Nelson Eddy, de Fred Astaire y Ginger Rogers. Ellos me llevaron de la mano -una manita de blanco enguantada- por valles, montes y praderas, por bosques de sonoros árboles de terciopelo y tiesos pajarillos de cartulina. No había escuela ni soledad ni regaños: levitábamos cantando, bailando, recogiendo fresas o copos de nieve, siempre felices, con sonrisas de strass. Zapateábamos por escalinatas de mármol jamás profanadas por la realidad. Recorríamos a caballo los peligrosos montes de cartón pintado del Canadá y fumábamos la eterna pipa de los pieles rojas, que nos recibían en paz...”
Así comienza su autobiografía.
Alta, grande, pecosa, de pelo corto y dorado, siempre vestida con pantalones y pullovers ni de moda, ni fuera de moda, atemporales, unisex; con sus labios pintados de un rojo fuerte que añade un toque clownesco a esa cara de Doris Day, irremisiblemente gringa, irremisiblemente argentina, es la tía de todos los chicos, la pulga en la oreja de los ejecutivos, el cálido sol que ilumina nuestro difícil planeta, nuestra tierna infancia recuperada y nuestra rebeldía juvenil que surge de la melancolía de una tarde lluviosa, los poemas-canción que nos descubren la sensibilidad a flor de piel.
María Elena Walsh nació el 1º de febrero de 1930 en Ramos Mejía.
Su infancia callejeó por el caserón familiar con patio, gallinero, rosales, gatos, limoneros, naranjos y una higuera muy cómoda sobre cuya rama gorda se subía la chica rubia y pecosa, para leer a la hora de la siesta “Los Tres Mosqueteros”, “Robinson Crusoe” o “La Cabaña del Tío Tom”.
Su mamá, cruza de criollo y gaditana, representó para María Elena el amor a la naturaleza.
Su papá, “un inglés del ferrocarril”, cruza de irlandés y de inglesa, significaba la cultura.
Tenía cuatro hermanos mucho mayores, fruto del casamiento anterior de su padre, y una hermana, Susana, también mayor que ella.
Su adoración por el padre, que tocaba el violonchelo, el piano y el mandolín, y “copiaba música con deslumbrante caligrafía”, le llevó a tratar de emular a ese gentleman tan hábil para divertirse y divertirla con las palabras.
Una infancia feliz, rica, resplandeciente en recuerdos que atesora la memoria.
Luego llegó la adolescencia y sus primeros tanteos en poemas emocionales y románticos. Estudiante en la Escuela Nacional de Bellas Artes, en mitad de la carrera, llegó el paso definitivo, se llamó “Otoño imperdonable” y fue un libro de poemas que escribió en 1947.
Fue el éxito, los grandes la recibieron con elogios, pudo editar 500 ejemplares con sus ahorros y se le abrieron muchas puertas, entre ellas las de un eminente poeta, Juan Ramón Jiménez, quien le realizó una inesperada invitación: la de pasar una temporada con él y con su esposa Zenobia en su hogar norteamericano de Maryland.
De la mano del poeta, María Elena no sólo descubre la poesía norteamericana, en un ecléctico aprendizaje, conoce a Emily Dickinson, Ezra Pound, Pedro Salinas, Salvador Dalí, descubre Nueva York, asiste a los conciertos de Rubinstein en el Carnegie Hall y al music-hall de las Rockettes, se extasia ante el Guernica de Picasso y descifra los misterios de la canción popular española.
Ella misma reconoce que en sus clases de la universidad se aburría y que no fue ese su lugar de aprendizaje sino junto a Juan Ramón Jiménez, su verdadero maestro.
Del viaje no regresó con diploma, sino con una experiencia de vida mucho más importante.
Su segunda escapada fue en 1952.
Era difícil conseguir trabajo y decidió correr la aventura europea.
Con otra escritora a quien sólo conocía por carta, Leda Valladares, parten hacia París, y descubre por el camino que llevaba consigo un caudal con el que nunca había contado seriamente hasta entonces.
Forman un dúo para cantar vidalas, bagualas, y zambas, aprende a
tocar el bombo, y desembarcan en París y la conquistan. Hay que haber escuchado huaynos y vidalas para entender hasta qué punto era extraño conquistar el aplauso por encima de músicas pegadizas, azucaradas y europeas.
Pero lo cierto es que tuvieron un éxito que no era masivo, pero si perdurable. Durante 4 años trabajaron en París, dándose el lujo de elegir los lugares, rechazando los que consideraban poco apropiados, o donde les pedían cambiar el repertorio.
En esa época empezó a escribir versos para niños, tal vez, como alguna vez ha dicho, por las ganas de jugar con las palabras, tal vez como una reconciliación con el paraíso perdido de la niñez.
Con Leda, que provenía de una infancia tucumana llena de folklore, comenzaron a recopilar canciones del repertorio popular del noroeste.
Y en tercer lugar, las canciones que sus amigos exiliados españoles le habían enseñado, y que luego dio lugar al disco “Canciones del Tiempo de Maricastaña”
Estos fueron los diferentes hilos que compusieron la trama de su etapa parisina.
Luego vino la vuelta a la patria, a la capital argentina no le interesaba el folklore cantado por dos mujeres, aunque hubieran gustado en París, y parten en gira por el noroeste.
No es insólito que un argentino descubra su tierra después del periplo europeo.

María Elena aprendió el lenguaje, las costumbres, la comida.
En 1959, y ya de vuelta en Buenos Aires, entra en la televisión, y comienza los recitales y teleteatros para niños.
Nacen Doña Disparate y Bambuco y comienza a publicar.
En 1962 se produjo la consagración, de la mano del espectáculo teatral “Canciones para mirar”, y su descubrimiento por el gran público, sobre todo por los chicos.
Unos chicos a los que no habla con diminutivos ni con la lengua gorda como imitando a un oligofrénico, unos chicos a quienes seduce con su honestidad, su franqueza y su respeto.
Es una adulta que juega y ríe con una ingenua y maliciosa alegría de la que se enamoran.
En la época del Proceso cuestionó el régimen e ideología represivos.
A causa del ensayo “Desventuras en el País Jardín-de-Infantes”, donde denuncia el régimen autoritario y opresivo de la Junta Militar, su obra es censurada.
En esa época dejó de cantar en público, pero canciones como “Serenata para la tierra de uno”, “Como la cigarra” y “Oración a la justicia” fueron adoptadas por grupos disidentes como una forma de expresar su cuestionamiento.
Sus poemas aparecieron en 1984 y sus canciones en 1994 y en 1997 apareció “Manuelita ¿Dónde vas?”, un libro cuya protagonista es la tortuga más famosa de la Argentina.
Manuelita no solamente viaja (a la India, a España, a Mar del Plata, al Japón), sino que también hace nuevos amigos. Posiblemente, los tres puntos más significativos del libro están dados por la libertad de Manuelita en sus opiniones y comentarios, su divorcio del tortugo (un signo de la Argentina actual) y su regreso a Pehuajó.
Y llega el reconocimiento a su extensa labor con los premios de Argentores (Sociedad General de Autores de la Argentina), SADAIC (Sociedad de Autores y Compositores de Argentina) y el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba .
Asimismo, el reconocimiento por parte de los niños, los padres y los maestros ha sido continuo. Son innumerables los jardines de infantes y guarderías que llevan nombres de personajes de sus cuentos y demás está decir que la mayoría de las tortugas argentinas lleva el nombre de Manuelita.
En medio de una atmósfera de miedo, de castigo, de moralina, de patrioterismo escolar, de colonización cultural y desconocimiento de la psicología infantil, irrumpió María Elena Walsh con su ternura, su risa como agua fresca, su inteligencia, y lo hizo para quedarse... para siempre.

 

Ir al principio

Ir a página inicial