El cambalache de Marlen - Número 6

 

 

Un cuento en la Web:

"El gobelino"

 

Ahora, cuando paso para tomar el tren, por la mañana, las persianas están cerradas, nadie se asoma y saca un brazo para decirme adiós.
Dentro de poco la demolerán.
Unos hombres, con pico y herramientas que no sé enumerar, barrerán las paredes en las que me limpié los dedos enmantecados, los zócalos donde pegaba chicles, la cocina donde mi abuela hacía los scones para la hora del té.
"Hasta la hora del té no se tocan, nenas", y mis hermanas y yo nos robábamos uno y ordenábamos los demás para que no se notara.
A esa casa fuimos a vivir cuando murió mi madre.
Era la casa de la abuela: sillas inglesas de terciopelo bordó, ricos sillones enfundados, cuadros con trabajados marcos dorados, vitrinas con porcelanas y adornos diminutos, roperos enormes, muchos espejos y una pieza para batifondo: comedor diario, guardamuebles, de todo.
Tres nenas barulleras le hicimos zancadillas al orden de esa "casa de grandes".
Me pusieron un diván en el comedor, debajo de un bello gobelino de dimensiones colosales, que yo hamacaba con mi pie descalzo antes de dormirme.
" Se te va a caer encima" me decían las tías.
Cuando a mis nueve años les dolían los oídos, o tenían gripe, me pasaba largas horas mirando el gobelino: los galgos disparados, en busca de la presa; la antigua dama disponiéndose a subir a su brioso caballo; un caballero ayudándola; un paje tocando el cuerno de caza, otro conteniendo a dos perros con sendas correas; un árbol altísimo llegando hasta el techo, con sus ramas cargadas de hojas... A veces me montaba en el caballo de la dama y escapaba por valles increíbles.
Otras... me ponía su lujoso traje y me paseaba por las galerías de la escuela, mientras mis compañeritas me observaban con envidia.
El gobelino era mi cómplice, era la puerta por la que pasaba al mundo de la fantasía..., y su caballero ahuyentaba mi miedo por las noches: cuidaba de que el diablo no me tirara de los pies por haber dicho mentiras, que los fantasmas no me espiaran por las celosías en las noches sin luna, que los cucos no se acercaran a mi cama.
Pasaron muchos años: crecí; me casé; me fui a vivir a un departamento, en la vereda de enfrente.
Lo amueblé sin ningún estilo especial, funcionalmente: un poco a mi gusto, un poco a gusto de Martín, y hasta a gusto de Verónica, porque, cuando abolí la cuna, ella opinó acerca de la cama que le compramos.
Aquí, en este departamento, está mi hoy, lo que me hace tan feliz: mi trajín, mis costumbres, mi hombre, mi hija, mi siembra, mi cosecha.

Allá, en esa casa, está mi niñez: sus interrogantes, sus temores, un hueco por donde mi madre se había ausentado, yendo a su muerte de veintinueve años; la ternura de una abuela de muchos, muchos años, fuerte como el roble, y como el roble, de copiosa fronda, para nido y canto de los pájaros.
Allá está mi niñez, subiendo la escalera..., con una trenza sin moño y una media caída; mi niñez, poniéndose los aros y los collares de tía China, de tía Elsa...
En esa casa velaron a mi madre y velaron a mi abuela.
Dos madres dejé allí: una tan joven y la otra coqueteándole al tiempo.
Hace un mes que mis tías se mudaron a un departamento.
Yo tenía que convencerlas de que "hay que tirar las cosas viejas que no sirven", o "las que no entran en un departamento".
Achicar una casa no es tarea fácil.
Pero hay que ser modernas, qué tanto; hay que vivir con los ojos puestos en el presente. ¡Ejem!
Sigan mi ejemplo: fíjense en mi departamento, no hay nada que no tenga un fin perfectamente útil...
No voy a contar los pormenores, sino los resultados: en un cajón del placard de Martín están las fotos, esas amarillas... (que mis tías estaban decididas a hacer desaparecer).
Verónica se pasea disfrazada con un apolillado mantón de Manila (que ellas iban a tirar). Y, además, en mi cómoda, hay un vestido de color desvaído que tía Elsa usó en su primer baile; una castañuela, que yo tocaba cuando tenía cuatro años; una cartera vieja, de mi abuela; el vestido que llevaba en la fiesta cuando me recibí de bachiller..., y allá, en la entrada, casi apoyada en el piso y tocando el techo..., el gobelino, en medio de mis afiches y mis reproducciones, de mis muebles funcionales y mis banquetas pintadas de blanco... (ellas no lo llevaron porque en su departamento, que es el triple del mío, "no había suficiente lugar como para que tuviera perspectiva").
Martín lo considera un regalo de incalculable valor. Verónica dice que es "un cuento muy lindo".
Yo... todavía me emociono cuando lo veo ahí.
Mi viejo amigo.
Otra vez juntos.
Ya no te haré balancear con mi pie desnudo, ni buscaré tu protección para dormir sin miedo, pero, eso sí..., el año que viene, cuando nos mudemos al departamento que nos entregarán en mayo, te pondremos en el mejor lugar del living, serás el duende tutelar de la casa..., y Verónica montará tus caballos y vestirá de dama antigua y renovará tus historias, aquéllas que inventé en mi niñez y se están marchitando.

"El gobelino"

Cuento de Poldy Bird, perteneciente al libro

"Cuentos para leer sin rimmel"

Poldy Bird es una autora argentina que ha escrito cuentos para niños y cuentos para no tan niños.
Llegó a la fama con su libro "Cuentos para Verónica".
En este libro "Cuentos para leer sin rimmel" (escrito en 1971), libro de cuentos para grandes, nos hace tropezar con cosas olvidadas.
La muerte de los seres queridos, historias de amor frustradas, historias de llantos y de tristezas que nos reencuentran con esa lágrima que se nos había atragantado, y que aflora en una lectura.
Cosas cotidianas contadas con poesía, donde la literatura surge con naturalidad.

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