El cambalache de Marlen - Número 5

 

 

¡Qué tiempos aquellos!: La calesita

 

Antes los baldíos eran para el yuyal, el vagabundo y la gata con cría. Ahora son para la calesita.
Esa esquina al ras que espera su rascacielos, de pronto, cuando el alba va descorriendo su cortinado de neblinas, muestra ese universo circular color de infancia, en que se ven caballitos ecuestres y otros ejemplares de una fauna de madera, que empezarán a moverse en redondo al inicio de la tarde, vitalizados por la música.
¿Quién dejó allí, en la esquina desmantelada, esa sorpresa de reyes?
¿Qué duendes misteriosos trajeron desde la selva de los cuentos ese regalo para los pibes?
No se preguntan estas cosas cuando se trata de milagros, y además, ¿para qué?; basta su presencia en el barrio y la ráfaga de felicidad ingenua que distribuye.
Así también, de la noche a la mañana, manos misteriosas mudan la calesita.
De paso para el colegio los pibes descubren su desaparición, y después, cuando ya en clase la maestra les habla, advierte en los semblantes atentos un extraño tinte de melancolía.
¿Quién interviene en estos aconteceres y cómo puede ser que mientras la ciudad duerme, se produzcan estos cambios?
En un barrio de carros, donde el empedrado escandaliza el tránsito y las primeras horas de la tarde aparecen embarulladas con tanto ruido, he visto en el crepúsculo, al encenderse pálidamente las luces de la calle, la calesita pobre.
Ustedes pensarán que busco expresamente el sentimentalismo de esa modestia para hacerles más simpático el tema.
Y no es así; sólo con echarnos a andar iremos pulsando la diversidad de lo cotidiano, encontrando unas veces la flamante y moderna calesita, iluminada con guirnaldas de lamparitas eléctricas, al son de un combinado con abundante colección de discos; y otras que, como en el pasado, ostentan la pianola somnolienta, comprada quizás en algún remate a precio irrisorio.
Pero el dueño de la calesita de nuestra historia no tuvo plata más que para un pequeño aparato de radio.
Eliseo Montaine y yo lo sabemos, porque él me pasó el dato, y nos dimos cita, demasiado temprano, pues recién a las cuatro de la tarde apareció el calesitero con su viejo matungo por la calle junto a la vereda, caminando hacia el baldío.
El caballejo conocía sus obligaciones y no necesitaba voces de mando para detenerse frente a la calesita y ocupar su lugar de cada día.
Era una calesita con caballos que no saltan, con asientos despintados, apenas insinuadas las antiguas flores al óleo.
El toldo con remiendos mostraba la pátina del tiempo.
Estaba preparada para que pudiera girar sobre sí misma y dar la sensación de vértigo a los niños, sin lo cual no llegaría nunca a ser una calesita.
Estábamos frente a la cenicienta de las calesitas, idéntica a alguna que, muchos años atrás, habíamos visto en tediosos pueblos de campaña.
Mientras tanto, el calesitero hizo funcionar su aparato de radio y daba vueltas al dial para encontrar la música conveniente.
Como si su voluntad estuviera sincronizada con la música, el caballejo comenzó a andar...
El piberío se asomó a las puertas, avanzó por distintas direcciones, agolpándose en torno a la calesita.
Fueron ocupados los sitios de montar y los de sentarse.
Los más expertos de pie, aferrados a los sostenes de hierro, a fin de dar caza a la sortija.
Y la calesita volaba, como si debiera levantarse del suelo y hender el aire en una ascensión aerostática.
No sabíamos, Montaine y yo, si era la alegría infantil la que mantenía el equilibrio y daba alas al armatoste, o si era que las calesitas obedecen, por sobre sus posibilidades materiales, a una inspiración misteriosa que las torna alígeras como el mismo aire que las envuelve.
Lo cierto es que la calesita, tras sus tambaleos primeros, adquirió la velocidad maravillosa de sus hermanas más modernas que iluminan las esquinas de la ciudad.
Lo asombroso del caso es que el hálito musical que le infundía su sangre, no tenía la continuidad necesaria, y si por momentos escuchábamos: LRA Radio del Estado, va a transmitir ...etc; en otros nos llegaba la transmisión de un aviso. Luchaba el calesitero por subsanar tales inconvenientes que alteraban el clima mágico de las vueltas, sin mayores resultados, pues si no era el aceite, era la hojita de afeitar y sino el noticioso, las cotizaciones bursátiles que se interponían.
Y considerando que para los pibes era lo mismo, que la música estaba sonando adentro de ellos y que, terminado un tango, era igual una marcha, una sinfonía, un aviso y hasta la charla dedicada a las mamás para la educación de sus hijos, optó por dejar tranquilo el dial y que el aparato de radio se diera el gusto.
Tratándose de una calesita humilde, el hecho parecería intrascendente, pero siempre hay quien observa y saca del episodio minúsculo las consecuencias que lo valorizan.
Nos alejamos convencidos de que la infancia es la poseedora de todos los resortes que hacen maravilloso el sueño; y que la imaginación de un niño lo alcanza todo.
Más allá, a unas cuantas cuadras, estaría funcionando la calesita bien vestida; pero nadie desprecia la de su esquina, ni le hace el vacío a un calesitero porque la mueva a ritmo de motor o tirada por un caballo resignado; porque la enriquezca con un combinado flamante o la libre a la aventura de una radio estridente, con bailables y avisos.
Lo importante es que gire sobre sí misma y tenga la codiciada pera con la sortija...

"Estampas de Buenos Aires" de J.Gonzalez Carbalho
Colección "La historia popular" - Centro Editor de América Latina

Ir al principio

Ir a página inicial