El cambalache de Marlen - Número 4

 

 

Costumbres: Verano porteño

 

Para los adoradores del sol no hay obstáculos. Y aunque pasar el verano en Buenos Aires suele ser una desagradable experiencia (calores de 40º a los que se agrega un alto índice de humedad no dejan respirar durante los días ni dormir por las noches) experiencia que muchos no le desearían ni a su peor enemigo, hay quienes prefieren asarse a fuego lento, aunque sea en un entorno de cemento, que mostrar su piel blanca a las bromas de amigos y compañeros.
Para los que esperan ansiosos la hora de partida hacia el paraíso terrenal elegido, para quienes ya han agotado sus días de felicidad y deben esperar con toda la paciencia del mundo las mini-vacaciones de Semana Santa, y para los muchos que, milagro económico mediante, no pueden alejarse de la vereda (acera) de su casa, las piletas (piscinas) privadas y las plazas públicas son los escenarios del verano porteño.
Y si hablamos de las plazas, es porque cada verano se incrementa el número de hombres y mujeres que se inventan su propio solarium particular en cualquier metro cuadrado que les permita acceder a los rayos del sol sin pagar una entrada.
Una de las plazas más utilizadas por estos veraneantes de ciudad es la Plaza Las Heras, en la antigua Penitenciaría.
La mayoría son gente joven que viven en los edificios cercanos y que prefieren tomar sol en el césped de la plaza que en las terrazas o balcones de sus casas.

Y si bien reconocen que el bronceado que se puede lograr en la plaza es muy diferente del que se consigue junto al mar, el ambiente y la posibilidad de charlar un rato mientras se comparten bronceadores con diferente grado de protección, sprays de agua mineral para humectar la piel, pantallas solares o protectores, les atrae.
En la plaza hay diferentes sectores. En la zona cercana a la Avenida Las Heras se reúnen los que son un poco mayores o quieren disfrutar de más tranquilidad. Se ven muchas mallas enterizas y conjuntos de top y bermudas de lycra, gente haciendo gimnasia o tomando un refresco.
En la zona opuesta de la plaza, los más jóvenes se dan cita con sus equipos de música que suelen poner a todo volumen, se ven chicas tomando sol con corpiños de lencería y muchachos luciendo músculos y mallas tipo slip o directamente slips de cintura alta con elástico ancho, las muy jovencitas prefieren el cola-less (bikini que deja las nalgas al descubierto), y cualquier día un conductor de las calles cercanas puede sufrir un soponcio con las niñas casi desnudas que lánguidamente se tienden en el pastito de la plaza.

Otro de los pequeños oasis veraniegos en plena ciudad está formado por las plazoletas que se suceden a lo largo de la Costanera Sur.
Algunos llegan en bicicleta, otros en moto o en auto, y algunos oficinistas se hacen su escapada del mediodía.
El ambiente aquí es más familiar y aunque se ven bikinis y algún cola-less, lo más habitual son mallas enterizas, gorritos con visera y mujeres que disfrutan del sol tumbadas en reposeras con niños que corren, juegan a la pelota o andan en bicicleta en alegre libertad.
El Parque Centenario, sobre la Avenida Patricias Argentinas, es otro de los balnearios urbanos preferidos.
Allí se reúnen verano e invierno un grupo de personas que se conocieron tomando sol o leyendo un libro en las tardes estivales. Como siempre eran los mismos, se fueron haciendo amigos y ahora tienen fundado un club al que han dado en llamar "Club del Sol". Toman el sol juntos, charlan, comparten lecturas y chimentos, festejan los cumpleaños y hasta ha nacido algún romance que otro.

La otra variante de adorar el sol, son las piletas privadas. Permiten pasar de manera más agradable las tórridas tardes porteñas y sobre todo los días de fin de semana, ya que al tener que pagar entrada, se prefiere disfrutar de todo el día y hacer uso exhaustivo de las instalaciones.
Algunas están tan cercanas como las de Parque Sarmiento en Balbín y General Paz, o las del Parque Roca al que se puede llegar en el Premetro, las de la Costanera Norte: Parque Norte, frente a la Ciudad Universitaria y Punta Carrasco, otras un poco más alejadas como las del Camino de Cintura y algunas hasta con agua salada, como Namuncurá, La Salada o Villa Albertina.
En general son lugares de difícil acceso para quienes no cuentan con vehículo propio, así que el ambiente suele ser familiar o de grupos de amigos.
En estos lugares se ofrece además del sol y el agua de las piletas, vestuarios, sanitarios, música ambiental, deportes (tenis, paddle, fútbol, volley) o clases de gimnasia o aeróbics y otros servicios como el alquiler de reposeras.
El ir a la pileta, requiere un desembolso constituido no sólo por la entrada, hay que contar que el pasar el día entero implica también un gasto en comida y bebidas.
En todos estos sitios ofrecen bares y restaurantes, y en algunos de ellos está expresamente prohibido entrar con alimentos de fuera, aunque los mates y las facturas siempre pasan.
En algunas hay parrillas y entonces el asadito inunda con su aroma las mesas vecinas.
La moda en las piletas suele ser muy parecida a la de las playas, y aquí si que se ven ojotas, pañuelos en la cabeza o capelinas y anteojos de sol último modelo, además de los consabidos productos bronceadores, de los cuales la "crema de ordeñe" fue la gran novedad de hace unos veranos.
Otra de las alternativas urbanas para pasar el verano son los balnearios del río.
Aquellos que de chicos visitábamos con nuestros padres y disfrutábamos del asado o comida de fin de semana con la barra de amigos.
Se llevaban las mesas, sillas, uno llevaba milanesas, otro las empanadas, los huevos duros o la pascualina con lo que se armaba la comilona, pelotas para que los chicos los dejáramos escuchar el partido de la sobremesa en paz, o que dejáramos dormir la siesta al abuelo en su reposera. Y el día pasaba feliz entre chapuzones en el río, risas y partidos de cartas.
Con el tiempo los balnearios se convirtieron en basurales y el río marrón
y tibio en un espantoso curso de aguas contaminadas.
Desde hace algún tiempo, la Costanera Norte se está recuperando y han llegado empresarios visionarios que dan importancia a la enorme necesidad del porteño de asomarse al río.
Los fines de semana familiares y placenteros con su culto al "dolce far niente" quedaron atrás y hasta aquí ha llegado la moda de practicar deportes y el culto de la juventud y el cuerpo.
El, en su tiempo, famosísimo balneario El Molino vuelve a estar de moda.
Una sencilla casa de madera, un estacionamiento para coches, una guardería para tablas de windsurf y kayacs y una playa privada reciben cada sábado o domingo unas 150 personas ávidas de practicar deportes. Se conocen todos y entre ellos se organizan grupos para salir a correr o andar en bicicleta.
Trajes de neoprene en colores flúo, anteojos negros, teléfonos celulares y promotoras que venden cremas anticelulíticas y pócimas adelgazantes, la fauna urbana que disfruta el río es diferente de la de antaño.
Con temperaturas tan elevadas, el asfalto que se derrite a los pies de los sufridos peatones, coches convertidos en baños sauna y cortes intempestivos de agua, el porteño es capaz de convertir una plaza en un solarium y una pileta o un balneario en un oasis en medio del desierto de cemento.

Ir al principio

Ir a página inicial