El cambalache de Marlen - Número 4

 

 

Misiones, donde la naturaleza estalla en verdes, rojos, azules

 

En este número comenzaremos a visitar otra de las regiones geográficas de la Argentina: la Mesopotamia.
Esta región del noreste se halla situada entre los ríos Paraná y Uruguay, e incluye las provincias de Misiones, Corrientes y Entre Ríos.

Históricamente, los sinuosos canales y bancos de arena de estos ríos dificultaron la navegación más arriba de la actual Rosario (en Santa Fé), mientras que su ancho hizo la comunicación a un lado y a otro también dificultosa.
El área entre los dos ríos es conocida comúnmente como litoral. Hoy comenzaremos a recorrer la subtropical provincia de Misiones, península estratégicamente situada entre el Paraná, el Uruguay y el Iguazú, y prácticamente rodeada por los países limítrofes de Paraguay y Brasil.
A diferencia del
resto de la Mesopotamia argentina, Misiones es montañosa. La Sierra Central, separando las cuencas de los dos ríos más importantes, llega a tener elevaciones de hasta 800 metros, aunque el promedio es de 500 metros.
Su atracción más espectacular son las Cataratas de Iguazú, pero la provincia cuenta con otros itinerarios y propuestas dignas de ser visitadas. Para disfrutarlas a pleno, comenzaremos nuestro recorrido en la capital de Misiones, Posadas, llamada así en honor de Gervasio de Posadas, quien en 1814 como Director de las Provincias Unidas, decretó la creación de las ciudades de Entre Ríos y Corrientes.
Con barrancas sobre el río Paraná y frente a la ciudad paraguaya de Encarnación, a la que está unida por un moderno puente
de 2550 metros de longitud y 330 metros de luz central inaugurado en abril de 1990, Posadas es clave para el comercio entre Argentina y Paraguay.
A pocas cuadras del puerto, desde donde salen las lanchas que cruzan el río, hay un mercado artesanal que merece ser visitado: mates y bombillas, cestería, tallas en madera y cerámicas.
También el hermoso parque a orillas del Paraná y la plaza 9 de Julio, con numerosos árboles de la región con nombres guaraníes: peteribí, jacarandá, pindó...
Saliendo de Posadas, el camino más usado para llegar a las Cataratas es la ruta nacional 12. A la altura del kilómetro 1444, semiocultas entre la selva, se encuentran las ruinas de la reducción de Loreto.
Y aquí debemos hablar algo sobre lo que fueron las Misiones Jesuíticas (de las cuales la provincia toma el nombre) y las reducciones. La palabra reducción tiene el sentido de "volver una cosa al lugar donde antes estaba o al estado que tenía", y es que las "Leyes de Indias" exigían que los indios fuesen reconducidos al seno de la iglesia como buenos hijos de Dios que eran.
A esta tarea se dedicaron, con el apoyo de Hernandarias de Saavedra, el activo gobernador de las provincias del Paraguay y Río de la Plata, los jesuitas que en número escaso (no más de 110 religiosos en tiempos de la mayor expansión) consiguieron con gran esfuerzo enseñar a los indígenas la pintura, la escultura, la música, la arquitectura, el arte tipográfico, el tejido en telar, las artesanías en madera y piedra, la ebanistería, la agricultura y la economía.
Cultivaban maíz, batatas, mandioca, té, yerba mate, cítricos, tabaco y en las huertas hacían cultivos intensivos de zanahorias, tomates, porotos (judías), arvejas (guisantes), rabanitos y remolachas.
Las ruinas de las misiones testimonian el alto grado de cultura alcanzado y la gran importancia de la civilización misionero guaraní.
Copias de obras artísticas europeas eran enriquecidas con agregados de la flora y la fauna locales.
Las misiones operaban con una independencia económica y política que suscitó la envidia de otros colonos españoles y portugueses que resentían la riqueza de los poblados jesuitas y su monopolio sobre la mano de obra indígena.
Este conflicto fue retratado en la película "La Misión".
La preocupación de la corona española de que se volvieran un estado dentro del estado, y las envidias de los colonos, culminaron con su expulsión de Hispanoamérica en 1767.
Las comunidades de las misiones se desintegraron y la selva volvió a invadir gran parte de la zona.
Si seguimos hablando un poco de la historia de la provincia, podemos contaros que Argentina, Brasil y Paraguay se disputaron este territorio, hasta que entre 1865 y 1870 se desarrolló la Guerra de la Triple Alianza (Paraguay por un lado, y Argentina, Uruguay y Brasil por el otro), y a partir de ese momento se definieron los límites y Argentina asumió el control definitivo de la región.
Hacia fines del siglo XIX, colonos de diferentes nacionalidades se asentaron en la zona: polacos, brasileños, italianos, paraguayos, rusos, alemanes (hay una colonia grande en Eldorado), franceses, suizos y dinamarqueses, por eso la provincia
preserva una herencia políglota que todos sus habitantes admiten.
Loreto, con su iglesia mayor cuya magnificencia sólo puede intuirse al contemplar las anchísimas escalinatas de acceso, queda a muy corta distancia de San Ignacio Miní (pequeño), y es una de las 30 reducciones de la antigua provincia jesuítica del Paraguay, más de la mitad de las cuales se encuentran en territorio argentino.
Algunas sobreviven como ruinas apenas reconocibles, la mayoría fue arrasada por los brasileños en 1817, sin que permanezcan en pie más que las bases de algunos de sus muros.
Los restos mejor conservados son los de San Ignacio Miní. Establecida en 1610 ó 1632, esta Misión albergó alguna vez a 2700 aborígenes y abarca 16 hectáreas, que fueron limpiadas de maleza para transformar la reducción en Monumento Histórico. Santa Ana, La Candelaria, donde los jesuitas construyeron el primer puente totalmente en piedra del nordeste argentino, Corpus que data de 1615, San Francisco Javier, que dio pie a la romántica leyenda de Mbororé, la ciudad perdida en la selva con sus valiosos tesoros ocultos, San José, Mártires, Santa María la Mayor que en 1767, año de la expulsión de los jesuitas contaba con 12000 vacas y 2000 caballos que pastaban en sus potreros, y donde se estableció la primera imprenta en territorio argentino (no importada, sino creada en las misiones) en cuyas prensas se imprimió en 1722 el "Vocabulario de la Lengua Guaraní", vestigios de una civilización muerta.
En las ruinas de San Ignacio Miní podemos apreciar la estructura de los pueblos levantados por los jesuitas. En el centro una amplia plaza, y al frente, en uno de sus costados, la iglesia que en el caso de San Ignacio medía 63 metros de largo por 30 de ancho y unos 10 metros de alto, con tres naves de muros de piedra de 2 metros de espesor y reforzados con pilares de madera de lapacho.
El techo que era de tejas no se conserva. De la fachada principal, con tres grandes portadas, se conservan dos grandes losas con los monogramas en bajorrelieve de Jesús y de María y gruesas columnas con capiteles corintios.

También se conserva la portada lateral que comunicaba con el cementerio.
Del otro lado de la iglesia estaba la vivienda de los sacerdotes, y en los otros tres lados de la plaza, las casas de los indígenas, en forma de pabellones rectangulares, en cuyos cuartos cada familia colgaba sus hamacas para dormir.
En el espacioso reducto no faltaban los talleres, colegios, una biblioteca, el baptisterio, la sacristía, los comedores comunes, las grandes cocinas con sus despensas, un hospital y hasta una cárcel.
Y es que los misioneros, además de evangelizadores, cumplieron las funciones de gobernantes, legisladores, consejeros, artistas, maestros, agricultores y economistas.
Y es de destacar su profundo respeto por la lengua aborígen, lengua en la que evangelizaron a los indígenas y que dio lugar a la fabricación de la prensa con caracteres tipográficos con los vocablos guaraníes.
Los alrededores de San Ignacio han sido descriptos por el escritor uruguayo Horacio Quiroga, entre cuyas obras figuran los famosos "Cuentos de la selva", publicados en 1918. Su casa ha sido convertida en museo y se puede visitar.
Y seguimos hacia el norte. Aunque las Cataratas están cada vez más cerca, y este es el punto culminante de toda excursión por la provincia, hay que detenerse para contemplar el paisaje del recorrido.
Cerca de la ruta hay arroyos con hermosos saltos de agua, orquídeas, balnearios, grutas con restos arqueológicos y la selva.
La selva que merece una excursión particular en ómnibus contratado como excursión o en un todo-terreno, adentrándonos en ese paraíso de colores, con el rojo fuerte de su tierra en contraste con sus altísimos árboles y tupida vegetación y los colores amarillo, azul y verde de algún guacamayo que se deja entrever entre el follaje.
Por contra, es más difícil ver a otros exponentes de la selva como los yaguaretés, los osos hormigueros, lagartos, tucanes, pecaríes, corzuelas y armadillos. Aunque quedan algunas extensiones grandes de la nativa araucaria, la provincia está en gran parte cubierta por la espesa selva.
Entre los grandes árboles, algunos de más de 40 metros, podemos distinguir los lapachos negro y amarillo y el enorme ibirá-puitá. Algo menores son los laureles, el cedro, reputado por su fina madera, y la cancharana.
Este es el dominio originario del célebre ombú, que aquí crece con su tronco recto y cilíndrico. También podemos ver pinos, palmeras pindó y yatay, y tacuaras, que luego de florecer y fructificar mueren, por lo cual las densas cortinas que forman desaparecen en algunos años.
Por debajo se extiende el reino de los helechos arborescentes, algunos de hasta 5 metros de altura. Entre los helechos, el amambay, cuya primera flor, según nos cuentan los indios, se convierte en "payé" (amuleto) si nace un Viernes Santo.
En la impenetrable red tejida por los yerbales, el tacuarembó y las lianas, se pueden ver las orquídeas salvajes y los claveles del aire, mezcladas co
n coloridas trepadoras como la mburucuyá y la pasionaria.
Un consejo: lleven ropa liviana y fácilmente lavable, ya que volverán, desde el pelo a los pies, absolutamente rojos del polvillo que se levanta, pero el espectáculo es fascinante.
Aún cabe más en esta excursión, es el poder detenerse a hablar con los trabajadores de alguna de las plantaciones de té o yerba mate, o de alguna maderera. No es fácil conseguirlo, porque los capataces se ponen nerviosos cuando el turista se pone a hacer preguntas, pero si lo consiguen, se enterarán de la vida miserable que tiene esta pobre gente.
Entran a trabajar cuando apenas son unos niños, llevados de la mano de los padres, que no ven otra forma de vida para su prole.
Trabajan de sol a sol, en condiciones infrahumanas, duermen en chozas dentro de la misma plantación, se cubren con ropas destrozadas y comen lo que en la misma cantina del obrador compran con los vales con los que les pagan.
Co
mo nunca ven dinero, no pueden ni siquiera comprar un billete de autobús para escapar de esa vida sin futuro, y así aislados de la civilización, sobreviven estos últimos exponentes de los cultos y valerosos indios que habitaron estas tierras.
Siguiendo la ruta 12, y después de pasar por Montecarlo, donde se cultivan orquídeas y se pesca el dorado, y por Eldorado con un hermoso parque a orillas del Paraná y el salto Helena de 10 metros de altura que cae sobre una gruta natural, llegamos a Wanda, con sus famosas canteras de piedras semipreciosas.
Wanda tiene dos canteras y talleres de corte y tallado de cuarzos, ágatas y amatistas. Es muy interesante realizar la visita guiada que se nos ofrece en el lugar.
A 45 kilómetros de Wanda ya comienza el espectáculo del Parque Nacional Iguazú. Pero la magnificencia de estos parajes merecen otra nota, por lo que tendréis que buscar en nuestro próximo número.

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