El cambalache de Marlen - Número 2

 

 

Vascos en Argentina:
Don Manuel Gurmendi

 

Cuando era pequeña siempre escuchaba hablar de él. Luego, cuando crecí un poco, empecé a entender quién era el señor Gurmendi.

Mi padre llegó a Buenos Aires en el año 1948, luego de luchar como miliciano en la Guerra Civil española, de caer herido, de ser deportado a Alemania y de vivir escapado en Francia. Aquella Argentina de riqueza y bienestar le pareció un paraíso y poder empezar a trabajar en los Talleres Vasco-Argentino de Sanchez y Gurmendi, el bien más preciado.

Su único bagaje era el oficio de tornero mecánico aprendido en Hamburgo, su capacidad de adaptación, sus ganas de trabajar y de forjarse un porvenir y su amor por la chavala que le había robado el corazón en Bayonne y a quien había seguido hasta esas tierras remotas.

Al poco tiempo, en el año 1950, tras la muerte de Sanchez, el taller de laminación y fabricación de barras de acero y hierro y alambrón para la construcción, quedó en manos de Gurmendi como único propietario y con el trabajo duro empezaron a llegar las medidas sociales que su dueño empezó a implementar.

Al principio fue el paquete con sidra y pan dulce que los obreros y empleados empezaron a recibir por Navidad.

En tiempos en que los obreros de una fábrica normal eran tironeados entre el poder de los propietarios y el de los fuertes sindicatos, no era habitual lo que pasaba en esta fábrica.

El dueño solía frecuentar el taller de Avellaneda y conversar con los obreros y se interesaba por la familia de uno o por la madre de otro. Los obreros trabajaban contentos y el buen ambiente entre ellos se hacía sentir en la producción.

Un año se empezó a festejar la llegada de los Reyes Magos, y allí íbamos los hijos de obreros y empleados a recibir el juguete que, de acuerdo a la edad, habían seleccionado para nosotros y comíamos sándwiches de miga y tomábamos Coca Cola en una gran fiesta amenizada por magos y payasos.

A los seis años comencé mi primer año de escuela primaria (tú que eres jovencito no entenderás eso de que nosotros no hayamos conocido lo que es un jardín maternal ni una guardería).

Yo estaba feliz. Iba a conocer nuevas amigas y había llegado el momento de aprender cosas maravillosas.

Pero el primer recuerdo imborrable de la escuela, no está ubicado en el recinto de las aulas, sino en mi casa cuando papá llegó con un gran paquete que llevaba mi nombre.

La sorpresa fue mayúscula cuando al romper el papel con toda la emoción, me encontré con cuadernos, lápices, gomas de borrar, plasticola (pegamento infantil), una caja de colores con todos los colores del arco iris y hasta un sacapuntas. Y en medio de ese despliegue colorido: mi primer libro de lectura, el Upa impecable, limpito y flamante.

Saltaba de alegría por el pequeño apartamento y no me alcanzaban las manos para estrenar todo.

A la semana siguiente mamá me llevó a comprar los dos delantales blancos con tablitas que también me regalaba el señor Gurmendi. Dos delantales para mí solita, todos almidonados y atados atrás con un bonito lazo, que pasaron a ocupar el lugar de honor en la puerta del armario de mis padres hasta el día en que empezaran las clases.

Y los regalos no acababan. Luego tocó el turno a los zapatos Grimoldi que fuimos a buscar a la fábrica. Eran de tipo Guillermina, negros con una trabita y un botón que era tan difícil de atar que mis deditos se machacaban para lograrlo.

Si hasta me regalaron las medias ¾ blancas que quedaban preciosas con mis zapatos nuevos.

Yo no paraba de preguntar cuánto faltaba hasta el día de estrenar mi conjunto completo y mis padres no paraban de comentar la suerte que tenían de que mi padre trabajara con el señor Gurmendi.

Los años fueron pasando y cada inicio de curso tenía el encanto asociado al paquete de Gurmendi. El primero superior trajo consigo mi primer lapicera (estilográfica), luego llegaron las carpetas, los manuales de estudio, los sobres de papel glacé, los marcadores de colores, los repuestos de hojas rayadas y cuadriculadas, las cajas de témperas, los Simulcop que salvaban la vida a quienes como yo son negados para el dibujo.

A lo largo de los siete años de escuela, primero como única privilegiada y luego compartiendo protagonismo con mi hermano, el inicio de las clases era una fiesta pensando en lo que vendría ese año en el paquete.

Pero luego llegó la escuela secundaria, con la carga de responsabilidad que eso suponía, un difícil examen de ingreso, nueve o diez materias con sus consiguientes profesores, prácticas en laboratorio, grupos de estudio y libros, muchos libros, como base uno por materia, además de los que teníamos que consultar en la biblioteca.

Y allí estaba nuevamente el señor Gurmendi. Mientras las otras chicas usaban los libros de las hermanas o de las primas, mis libros siempre eran nuevos y los forraba para cuidarlos, con el papel de forrar que venía en el paquete que seguíamos recibiendo cada año, siempre adaptado al curso que nos tocaba cursar.

Un libro por materia, además de guardapolvos, estos ya de señorita, abiertos adelante y con solapas.

Mi vida de estudio continuó y cada año de universidad recibí por parte de Gurmendi S.A., un monto de dinero que me permitió seguir adelante en el camino de mi formación y aumentar el reconocimiento hacia una persona que no salía en los periódicos ni en los grandes libros, pero que se ocupó de que cada uno de sus obreros y empleados diera a sus hijos una vida mejor de la que ellos habían tenido.

Varias generaciones de jóvenes debemos nuestro porvenir a este vasco ejemplar (la imagen es del caserío Gurmendi, en Zarautz).

Llegó el día de empezar a trabajar ganando dinero, y hago la aclaración porque mi primer trabajo fue ad-honorem, término que posiblemente hoy no se entienda porque ya no se usa.

Ni se usa el término, ni se usa eso de empezar a trabajar sin cobrar para aprender el oficio. ¿Quién recuerda a los aprendices?

Y ese primer trabajo remunerado, ¿dónde iba a realizarlo mejor que en esa empresa que había facilitado mi, hasta ese momento, corta vida?

Si señor, empecé a trabajar en Gurmendi, en el Centro de Cómputos situado en las oficinas de la Avenida Belgrano. Mi padre seguía trabajando en los talleres de Avellaneda, en donde al cabo del tiempo se jubiló. La acería se había puesto en funcionamiento y la empresa era próspera y hasta cotizaba en bolsa como un valor fuerte.

En esa época conocí las fiestas de despedida de año en las que la empresa reunía a todo el personal. Eran buenos tiempos.

Don Manuel inició un proyecto sumamente innovador con la empresa "San Sebastián". Logró una cadena de producción desde el huevo de una gallina hasta el pollo limpio y envasado, listo para ser enviado a las bocas de expendio. Los pollos San Sebastián se consumían en muchas casas argentinas. La planta se montó en Pilar y tuvo su continuación en otra planta de chacinados y embutidos que se estableció en Colón en 1981.

Hoy en día las cosas han cambiado. La empresa Gurmendi ha desaparecido, Don Manuel Gurmendi falleció, Argentina ha pasado de ser uno de los países más ricos del mundo a recibir aviones de ayuda humanitaria para su población empobrecida.

Pero la silenciosa labor de un hombre quedó como un ejemplo de vida dedicada a sus semejantes, en los corazones de miles de agradecidos argentinos.

Vaya en estas simples líneas mi agradecimiento y mi homenaje, a usted Don Manuel que dio las oportunidades y a quienes, como mi padre, cumplieron con las expectativas, viviendo una vida de trabajo honrado y de satisfacción por el esfuerzo recompensado.

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