El cambalache de Marlen - Número 2

 

 

La peña de folklore:

Horacio Guarany

 

 

La tradición política en el canto folklórico y popular del Río de la Plata se asocia prácticamente a su origen mismo. Sin otra influencia de peso que el de los géneros populares españoles y portugueses, la música va en la época colonial del salón al fogón.

El populacho remeda, con cierto deje burlón, las modas musicales del sarao y las veladas emperifolladas de las clases altas. Primero las deforma. Luego, las transformará. Danzas y canciones, por mal aprendizaje, adquieren entre el paisanaje formas peculiares en constante desarrollo.

Los ritmos y danzas de los esclavos negros, estarán por largo tiempo circunscritos a sus barracas y ghetos, sin influir de modo determinante en el criollo que ha heredado de la sangre española cierto desdén por su primo negro...

No sólo la cruz, la espada, el arcabuz, ha traído el conquistador en sus navegaciones al mundo nuevo, a este continente sin escritura ni anotación en los mapas. Trae con él también, en sucesivos arribos, las industrias y nuevos oficios, el alucinado espíritu ibérico, un idioma de prodigiosa multiplicación, la memoria perdurable de la copla y un extraño instrumento de sonora maravilla: la guitarra.

Amigo de esa guitarra solitaria, entre hombres solitarios como él, don José Rodríguez, hachador de La Forestal en los quebrachales se queda con tres de los catorce hijos del matrimonio en el monte huraño y obstinado. Su mujer, doña Feliciana Cereijo de Rodríguez y el resto de su prole van hacia Santa Fé de la Vera Cruz, la pujante ciudad gringa que le ha crecido a la orilla verde del río mayor de la Argentina: el Paraná.

En el montón, va el vivaracho Eraclio, cacique de los pájaros del monte, inquieto como un colibrí, ahora desmesurando los ojos ante el suceso de ese primer viaje...

Eraclio Catalín Rodríguez, nacido en Las Garzas el 15 de mayo de 1925, cumplirá en la escuelita de Alto Verde, un rancherío frente al Paraná y frente a la ciudad rica y prepotente que está cruzando el río, el único ciclo de enseñanza que podrá realizar en su vida. Todos los grados de la primaria, sin repetir ni un grado.

Allí escuchará a sus maestros la historia de su país como una sucesión de relámpagos. Las gestas de la Patria le encandilarán los ojos, le llenarán el corazón de un orgulloso fuego.

Es tan plena su vida escolar que será allí donde comience a desarrollar sus aptitudes histriónicas: canta, actúa, organiza actos y echa a circular su simpatía que desde entonces le ganará profundos afectos. No recuerda otros juegos, cuando recuerda su niñez. Fuera de ese limbo escolar, la vida para él nunca fue un juego y menos esa niñez acosada por el pan de cada día.

Su madre y sus hermanos se han trasladado a Santa Fé. El quedará en los trajines de Alto Verde, fundando amigos que nunca olvidará. En los bailongos de piso de tierra, comenzará a cantar.

El primo con el que se ha quedado abre un salón de baile: Centro Recreativo "Volvió la Princesita’. Hasta teatro ensayan, pero terminan en formidables grescas y bataholas. Crece solo del todo, pero la soledad de madre de esos años, le apretará el corazón toda la vida.

Tiene 16 años cuando el andariego que lleva adentro, le llama desde el río. Es como un silbido largo que ya no dejará de llamarlo desde todos los ríos de la tierra. Fue unos días antes de partir, que su madre le dijo:

- Vos no sos Rodríguez, m’hijo.

Sintió un golpe en el orgullo. Se le aturdió la sangre. Recelando ser hijo de otro hombre, preguntó:

- ¿Cómo que no soy Rodríguez, madre?

- Mirá, m’hijo; a vos te gusta andar escribiendo cosas, alguna vez debieras escribir la historia de tu Tata.

Y le contó la historia del indio José Rodríguez: los abuelos de Eraclio, prestaron a su padre a dos arrieros que llevaban ganado de uno a otro punto del Chaco correntino. Era costumbre que los muchachos nativos se iniciaran en el trabajo de ese modo. Además, una boca menos aliviaba los rigores de la vida del monte.

En el camino, uno de los arrieros mató al otro y el matador cruzó a nado hasta la otra margen del Paraná con los caballos y el indiecito. Allí, con cualquier pretexto, lo dejó esperando en una colonia de agricultores españoles y nunca más volvió. El niño pasó a manos de una de esas familias que lo crió y poco después lo anotaron con el nombre del dueño de la chacra:

José Rodríguez...

Este Eraclio despojado de todo, siente ahora un ramalazo de soledad insoportable.

- ¡Ni apellido, carajo!

Esa noche se debe haber demorado en algún boliche amigo, mientras volvía a empacar lo poco y nada que se llevaba a Buenos Aires. Acodado en algún rincón debe haber sumado su corta vida buscándole un sentido.

Hasta ahí tiene un sueño: cantar. Le ha ido creciendo porque si, como los yuyos. A eso va hacia el monstruo de cemento y acero, porque ¿qué cosa peor que no sea la muerte le puede suceder? Se ha templado entre hombres duros. Y ahí, en ese Alto Verde al que un día cantará inolvidablemente, lo ha visto todo.

Mientras acomoda su lío de ropas y pensándose a lo hondo, lo decide:

- Puesto que no tengo ni apellido y soy hijo de indio, desde hoy me llamo Horacio Guarany.

Sale con su sueño a cuestas. No se anima a despedirse del primo. Sólo un adiós a su caballo preferido. No se dará vuelta a mirar el pueblo de Alto Verde, aún dormido esa madrugada...

 

 

Texto extractado de:

"HORACIO GUARANY"

por Armando Tejada Gómez

Ediciones Júcar - LOS JUGLARES

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