El cambalache de Marlen - Número 1

 

Al ritmo del 2x4:

Historia del tango I

 

Uno de los elementos que distinguen a la Argentina en el mundo es el tango, una de sus expresiones más auténticas. Iniciamos aquí una serie de notas referidas al tango, a sus orígenes e historia, y en esta primera comentaremos los ambientes en que se produce la gestación del tango. Ubiquémonos, por un momento en esos ambientes: la ribera del Riachuelo, los boliches de carreros y cuarteadores, los conventillos del barrio Sur, los quilombos y el mundo de la mala vida, las academias de baile, las "carpas" y romerías de fin de semana, los célebres "cuartos de chinas" que todavía rodean a los cuarteles de los veteranos del Desierto, etc.
Si el tango logra la tolerancia superficial de la clase alta, y cruza más tarde los canceles de la clase media, su ambiente originario es otro: el espacio físico de esas difusas "orillas" que va segregando el crecimiento y la modernización de la ciudad, el "ambiente" criollo-inmigratorio que integran milicos licenciados, trabajadores de los mataderos, cuarteadores, carreros, artesanos, marineros, operarios de las nuevas fábricas, peones de barracas y todo ese mundo abigarrado, generalmente de hombres solos, que se vuelca sobre los boliches, los quilombos y las casas de baile en busca de distracción y esparcimiento.
Es esta masa solitaria, desarraigada o conflictuada por el cambio, la que puebla cotidianamente los cafetines de la ribera, en busca de la sociabilidad que aseguran los estaños y las mesas lustrosas, y junto a ellos se pegotea la gente de la "vida": rufianes, escruchantes, tipos marginados que recalan en ese hervidero, preservado en cierta medida de la vigilancia policial, y que se mezclan con hombres de acción y guapos electorales que aportan los comités vecinos. Es esa masa rumorosa la que en días de fiesta se derrama por "carpas" y romerías, tratando de disfrutar de los goces de la vida con ese repertorio todavía no definido en el que se mezclan mazurcas, habaneras, milongas, polcas, chotis y valses con los rudimentos del futuro tango criollo; y son esos mismos solitarios de las "orillas" los que se arriman a las academias y bailetines con su necesidad de júbilo que suele terminar, previo el estruendo de vidrios rotos, en la cama del hospital o en las mesas de mármol de la morgue.

Para esta clientela heterogénea comienza a dibujarse una música que empieza a ganar adeptos, a extenderse gracias a la espontánea labor de músicos trashumantes, que dispersan la semilla y trasplantan gustos, dibujos melódicos, esbozos de lo que se está gestando en ese momento de generosa fermentación. Los itinerarios son previsibles: un tema punteado en el Almacén de la Milonga, de Charcas al 4000, es repetido y quizá perfeccionado en el viejo bailetín del Palomar, de Suárez y Necochea, y de allí pasa tal vez al café Sabatino de la calle Paraná, o rebota en los espejos de los quilombos de la calle Junín, los "revoltosos de Junín", como dijera Borges, para terminar aumentado y corregido, en el pentagrama provisorio de algún músico que trata de fijarlo y otorgarle posterioridad.
Tal vez no se trata exacta o definidamente de un tango, sino de una manera de interpretar otra cosa, de un "estilo" particular que es celebrado e impuesto a los músicos por la concurrencia. En este sentido Silverio Domínguez anota en su novela Palomas y Gavilanes (1886): "...tocaban gatos y cielitos, polkas y cuadrillas con unos aires quebrados propios del peringundín y del baile criollo...".
Estas menciones al estilo "quebrado" son anteriores a la mención misma del tango, y para verificarlo basta con recorrer numerosa literatura de época en la que aparece la idea de "corte y quebrada" en relación con formas musicales bastante variadas.

 

Texto extractado de: "LA HISTORIA DEL TANGO" Ediciones Corregidor

 

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